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LA MUERTE ROMÁNTICA DEL AMOR - por jrqc


Para Martín, el simple acto de levantarse era una fuerza poderosa que se traducía en la sensación del frescor matutino como si de ello dependiera su existencia. Y no era en vano. Él encarnaba uno de esos personajes capaces de hacer revolotear la mente y el cuerpo, un torbellino imbuido de pasión por todo lo que representara la belleza. Cuando sus ojos se posaban directamente en los tuyos, te sentías desnudo, como si una llama eterna brillara en sus ojos color miel. Apenas dirigía su mirada hacia la gente mientras hablaba, pero cuando lo hacía, te sentías a su merced, como si su mirada penetrara las paredes de tu alma y corazón, dejándote expuesto en el acto. Sin embargo, no me quejo, pues bajo el resguardo de su aura y sus palabras, sentí el calor reconfortante de esa mirada de fuego. Me embriaga su mirada, me bañan sus palabras. Sí, así es Martín. Así es él, en quien me he enamorado.

Para él, la vida era una fiesta que le ofrecía deliciosos manjares y placeres los cuales él aprovechaba sin distinción ni arrepentimiento. Su fuerza me arrancaba del hastío, su voluntad para la aventura era casi insaciable y siempre deseaba que yo fuese partícipe de su aprecio a la vida. Posaba mi cabeza sobre su pecho mientras veíamos el atardecer o nos sentábamos en las rocas frente al mar mientras la sinfonía impotica de su música sonaba. Y así, envuelto en el hechizo magnético de Martín, me encontraba cada vez más sumergido en su mundo de pasiones y fascinaciones. Cada encuentro con él era como una danza frenética entre nuestras almas, donde las palabras se entrelazaban en un ballet de significados ocultos y miradas cómplices. Me convertí en su confidente, en el único receptor de sus pensamientos y anhelos. Sólo que el precio de pagar por mi ciego enamoramiento era mi corazón. 

En aquellos días, mi corazón se estremecía al escuchar su voz, llena de tono bajo y chispa alegre. Su presencia me dejaba desnudo y vulnerable. En una de esas tardes, mientras compartíamos risas, Martín me invitó a visitar a una vieja amiga suya a quien no veía desde hace mucho tiempo. Al llegar al lugar esa noche, una mujer de tez blanca y cabello oscuro, con algo de sobrepeso, abrió la puerta. Sus ojos marrones se iluminaron al ver a Martín frente a ella, y lo abrazó apretujándolo cálidamente, casi hundiéndole las uñas en la espalda, para luego acariciar su cuello y su cabeza de manera cariñosa.

Mientras observaba la escena, mis labios se tensaron y mis manos, en los bolsillos de mi pantalón, se convirtieron en puños. Ella no se percató de mi incomodidad y me saludó como si nos conociéramos desde hace mucho tiempo, a lo cual respondí como era esperado.

Los tragos fluían para los tres, pero mi vaso no se vaciaba al mismo ritmo que los de ellos. Mi mente, mis sentidos y mi corazón ardían al ver cómo Martín acariciaba la mano de aquella mujer, cómo le acomodaba un mechón detrás de la oreja y luego la besaba. Me sumergí en un dolor inmenso en el alma mientras luchaba por contener las lágrimas que amenazaban con inundar mis ojos. En ese momento, me rompí en mil pedazos. Era la primera vez que el dolor me arrebataba todo lo que sentía por él. Todo se derrumbó en ese instante y, consciente de ello, solo podía contemplar aquella escena que se clavaba como una herida sangrante e irreparable en mi alma y corazón. La espalda de ella estaba de frente a mí, y vi cómo él ocultaba su rostro en el suyo mientras me observaba. No pude contener más mi dolor y sentí cómo el calor de mis lágrimas escapaba de mis ojos. La mirada penetrante de Martín se hundía en mis ojos, haciéndome creer que era a mí a quien besaba, a quien calentaba la sed de mis labios.

En un breve momento de ausencia de la mujer, le expresé mi deseo de irme, pero mi anuncio resultó en vano, ya que Martín decidió que debíamos pasar toda la noche allí.

"¿Acaso no te das cuenta de lo que me estás haciendo? ¿No ves que me estás hiriendo?", le dije con angustia.

Su mirada se tornó cálida mientras arqueaba las cejas, buscando comprensión de mi parte. "Lo sé y te pido perdón, pero no puedo evitarlo", respondió. 

Él intentó decir algo más, pero fue interrumpido abruptamente por la repentina presencia de aquella mujer, quien, bajo una mirada de desconcierto, palpó que algo no iba bien entre él y yo. Podría decir que ella intuyó que existía algo entre nosotros, pero, obviamente, no le prestó atención mientras anunciaba con entusiasmo, como si fuera un desfile de caricias y dulces, que era hora de dormir.

El recorrido desde la sala hasta la habitación, donde se suponía que tendría un sueño placentero, se sentía como caminar hacia la horca o la hoguera, donde mi alma y mi corazón serían arrojados al fuego para ser olvidados eternamente. Ella abrió la ventana y me deseó buenas noches. Martín se quedó rezagado por unos minutos. Lo miré con un dolor intenso, el más agudo que había sentido en mucho tiempo, y en sus ojos vi el ardor de la culpa y el remordimiento. Trató en vano de besar mis labios a manera de "buenas noches" o darme consuelo, pero mis reflejos y el dolor que me embargaba me hicieron esquivarlo. Al cerrarse la puerta, me dejé llevar por mis lágrimas y por la pesadez de mi corazón hecho añicos. Me había enamorado y todo había sido para convertirme en víctima del dolor devastador ante la pérdida de lo que creía que era verdadero. No entendía por qué debía ser así, por qué tenía que experimentar la amargura de estar enamorado por primera vez y ser testigo de todo lo que ocurría en esa noche.

Mis ojos, hinchados y enrojecidos, se resistían a cerrarse y dejar paso al sueño. Escuchaba sus voces, escuchaba su risa pícara. Poco después, resonaban golpes secos en la pared, acompañados de gemidos de excitación y placer que brotaban de la boca de ella, gemidos de él, salvajes al llegar al clímax. Fue la estocada final. En ese momento, no solo el dolor me invadía ante la retorcida y casi animalística intensidad de sus gemidos, sino que también fue el momento en el que el amor que sentía por él me asesinaba cruelmente, con su daga fría de amargura.

Desde entonces, a Martin lo recuerdo con amargura y nostalgia, y nunca más he experimentado el enamoramiento por alguien de la misma manera en que me enamoré de él.

Lo amé, lo amé con una sinceridad desgarradora, lo amé con mi alma, con mi corazón y con mis lágrimas de dolor, pero desafortunadamente fue ese mismo amor el que me mató sin piedad ni remordimiento, fue simplemente... la muerte romántica del amor.



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